HAN DICHO...

MI REINO POR ARTURO QUEREJETA

Las adaptaciones Shakespearianas de Yolanda Pallín y la compañía Noviembre Teatro con dirección de Eduardo Vasco son atractivas siempre, como ya comprobamos en el Principal en Noche de Reyes (2012) y El mercader de Venecia (2015). Por sus textos interesantes, las sobrias escenografías y la solidez de los actores, encabezados por Arturo Querejeta.

La última es Ricardo III. Y no es una empresa fácil. Pallín reconstruye la trama del último rey de la casa de York, Final de la teatro logía sobre la historia de Inglaterra de Shakespeare, con una propuesta dinámica, exigente, nada arqueológica, distanciada a lo Brecht, y con toques adecuados a nuestra mentalidad, para reflexionar sobre la ambición extrema de poder. A pesar de inferirle enormes cambios, todos consentido, no pierde el argumento original ni su sentido.

El respeto al texto antiguo no es enemigo de la acentuación de los rasgos del personaje o de modificar la estructura con episodios autónomos encadenados hasta el final conocido por el espectador y la famosa frase “mi reino por un caballo” -una muerte del rey bañada de humor cruel- en lugar de acumular en extensos actos como en el original. El trabajo, dirigido con el estilo y la solvencia habituales de Vasco, suaviza la pureza trágica realzando sus toques desenfadados y su ironía macabra, como en el asesinato de Clarence a manos de dos sicarios bufonescos. El cinismo desmesurado de Ricardo lo aleja mucho de la imagen del malvado tradicional. Hasta resulta simpático con su físico tullido y andar de jorobado, su ingenio, su astucia estratégica, su humor socarrón y su capacidad de seducción por medio de una retórica convincente.

La puesta en escena huyes del realismo trágico con eficacia. Los actores forman un coro perfecto ataviado con el vestuario sugerente y simbólico de Lorenzo Caprile (curiosos militares a lo germánico menos en sus cascos). Sorprende el juego en las tablas con maletas y baúles, cubiertos por lienzos blancos en algunos momentos. Su distribución o amontonamiento recrean los distintos espacios originales: palacios, la torre (de Londres), cárceles o el campo de batalla. La iluminación de Miguel Ángel Camacho es hábil con el cromatismo y distribuye focos, sean cenitales o de fondo, para marcar el suceso principal entre grupos de personajes de una misma secuencia.

El cinismo canalla de Ricardo III necesitaba un actor asombroso. Arturo Querejeta lo es. Está más brillante que en su anterior papel del judío Shylock en “El mercader de Venecia” y logra una de las interpretaciones más impactantes de la temporada valenciana. No le hace falta ningún elemento para aguantar su andar de jorobado y cojo durante cien minutos.  Sus variaciones de tono apoyan su capacidad para convencer al resto de personajes ya espectador. Su escena con Ana (fenomenal Cristina Adúa) ante el baúl-féretro de su marido asesinado por Ricardo, es un prodigio de dicción de matices sutiles y de entonación de difíciles alteraciones. Es lógico que la seduzca y que ella dude. Y no olvidemos la eficacia orgánica del resto del reparto.

Un montaje para recordar. Al público se le grabará el estribillo de la canción que los actores cantan en consonancia con lo percibido: “El mundo está vuelto del revés. Tiene la cabeza donde deben estar los pies”. Véalo, aunque a un enemigo del teatro clásico vivo como Javier Marías no le guste.

 

José Vicente Peiró

LAS PROVINCIAS

(Valencia)

04/03/2017

SANGRE Y PODER

Ricardo, hermano del Rey Eduardo de Inglaterra desea llegar al poder a toda costa. No le importa lo que tenga que hacer para conseguirlo; su fin es ascender al trono y no se desviará ni un ápice de su objetivo. En su trayecto: conspiraciones, traiciones y asesinatos de adversarios, amigos y familiares. Cualquiera que se interponga en su camino corre el riesgo de ser eliminado.

En la obra de William Shakespeare, Ricardo III, encontramos a uno de los personajes más perversos de su bibliografía, y en la versión que ha realizado Yolanda Pallín para la compañía Noviembre Teatro esa crueldad se mantiene intacta.

Para el director Eduardo vasco es el quinto montaje de una obra de Shakespeare, después de Hamlet, Noche de Reyes, Otelo y El mercader de Venecia. Y eso se nota en el universo que crea sobre el escenario. Cada escena, cada elemento, cada personaje y cada gesto está controlado, trasladando la sensación de asistir a un montaje redondo.

El espectáculo combina escenas cuyo ritmo es muy ágil (hay que tener en cuenta que algunos actores representan hasta tres personajes distintos), intensos monólogos que transmiten la interioridad del personaje (por ejemplo, el de Ana junto al féretro de su esposo y padre), y algunos estribillos musicales. El resultado es excelente.

El reparto, encabezado por Arturo Querejeta (como Ricardo) está magnífico. No sólo se desdoblan en diversos personajes, sino que crean algunas escenas corales muy sugerentes.

El espacio escénico planteado por Carolina González es efectivo; formado a base de maletas de diversos tamaños y con la complicidad de la iluminación (de Miguel Ángel Camacho), sirve para trasladar al espectador a diferentes espacios y ambientes con total naturalidad. Sin necesidad de recurrir a grandes efectos se nos muestra la crueldad de una persona capaz de todo con tal de ostentar el poder, pero también –con un guiño irónico- que “la corona” transforma a la persona que la lleva, haciendo que la historia se repita.

 

Rosa Molero

LEVANTE, EL MERCANTIL VALENCIANO

(Valencia)

04/03/2017

CRÍTICA DE ‘RICARDO III’ NOVIEMBRE TEATRO

Un año más la compañía de Eduardo Vasco, Noviembre Teatro, vuelve al Teatro Cuyás y lo hace con una pieza espeluznantemente actual, como es el Ricardo III de El Bardo.

Durante la hora y cuarenta y cinco minutos, que dura la versión de Yolanda Pallín, no dejan de sucederse hechos terribles, violentos, asquerosos,… por ello no podemos más que pensar que las raíces de Séneca siguen vivas. La trama se sucede a toda prisa entre crímenes, a cuál más injusto; se mata a todo, desde la inocencia hasta la crueldad pasando por el amor. Ya nada es sagrado, ya nada está a salvo, el espectador no tiene descanso; casi como desde el sofá de su casa donde va viendo en el telediario innumerables atrocidades y nadie dice nada.

Aquí el ritmo trepidante de la obra tira del público, lo lleva, lo arrastra hasta un final apoteósico. El final deseado pero a la vez desalentador, como la vida misma, donde no salimos con alivio porque se haya hecho justicia al fin, sino con lágrimas en el rostro porque la historia se repite una y otra vez. Así es éste país de España, que lleva la cabeza donde deben ir los pies.

Ricardo III no dejará impasible a nadie. Además de por la astucia con la que se ha hecho la adaptación, goza de un vestuario impecable a cargo del reconocidísimo Lorenzo Caprile. La iluminación (Miguel Ángel Camacho) destaca por sus tonalidades, sobras proyectadas y magnificadas, y unas hermosas candilejas que iluminan el rostro de los actores de abajo arriba creando un mundo onírico a veces, la voz del pueblo otras. Una escenografía que -compuesta básicamente por módulos que son baúles y maletas- esboza todo tipo de espacios, y enmarca, junto con el piano a cargo de Jorge Bedoya, esta propuesta de Noviembre Teatro.

Y para acabar, la guinda del pastel: “¡los actores!”. Un elenco de once personas que dan vida a más de una treintena de papeles que contiene la dramatis personae de William Shakespeare. Un trabajo coral con mucho brío, con pincelas de auténtica comicidad y sobre todo transmite el placer que supone para un actor poder jugar con su voz, con su cuerpo y crear innumerables matices sobre la escena.  ¡Arriba el telón!

 

Dafne Arencibia

MÁS TEATRO  (Las Palmas)

21/02/2017

OTRA GUERRA CIVIL

Recuerdo que hace dos años quede encantado con la representación de el mercader de Venecia que dirigió Eduardo Vasco, adaptó Yolanda Pallín e interpretó entre otros Arturo Querejeta, así que la oportunidad de ver otra obra de Shakespeare, Ricardo III, puesta en escena por el mismo trio despertó la curiosidad de comprobar cómo hacían frente a semejante reto.

Digo que Ricardo III constituye un reto porque después de Hamlet, es la pieza más larga del dramaturgo inglés, pero presenta la dificultad añadida que a diferencia de la historia del Príncipe de Dinamarca tiene muchos personajes  que además pertenece a dos familias dinásticas, Lancaster y York, y sus respectivos aliados. Por eso, para seguir la obra es recomendable que el despertador esté ligeramente familiarizado con La guerra de las dos rosas, la guerra civil que enfrentó a los miembros y partidarios de ambas casas durante la segunda mitad del siglo XV por el trono de Inglaterra, o si no, que la obra esté adaptada de la mejor manera posible.

Partiendo de esta premisa, la sobria escenografía de este Ricardo III prometía nada más levantarse el telón, porque presentaba una serie de maletas y baúles que se sucedían a través de los sucesivos escenarios, ya fueran estos salones áulicos, mazmorras o campos de batalla. Es muy ingenioso concebir los palacios, las presiones y las guerras como espacios en los que los personajes están de prestado, como una forma de expresar la vanidad de la ambición humana que ansía el poder y sólo cuando lo consigue comprende lo efímero de su naturaleza, idea resumida en la frase más famosa de la obra, que el protagonista pronuncia en el fragor de la batalla final: “¡Mi reino por un caballo!”.

La interpretación fue notable, especialmente porque la mayoría de los actores encarnaban hasta tres personajes diferentes, tan bien caracterizados que era difícil identificarlos, pero especialmente Arturo Querejeta está soberbio en la piel del último rey de Inglaterra muerto en batalla. También era muy apropiada la iluminación, con tantos claroscuros como la historia.

(…) magnífica interpretación de su elenco actoral.

Fabio García

LA PROVINCIA  (Las Palmas)

20/02/2017

SIN REMILGOS

Ricardo, el duque de Gloucester, está de vuelta de todo. Tiene muy claros cuáles son sus objetivos y nada ni nadie podrá detenerlo. Su meta es la corona de Inglaterra. Ni la familia ni los ajenos podrán detenerle durante una carrera que sabe que estará repleta de obstáculos. Pero Ricardo es muy inteligente y sibilino, conoce como pocos los entresijos cortesanos y, sobre todo, carece de escrúpulos y del menor afecto hacia cualquier ser vivo que no sea él mismo. Si el mundo fuera racional, Ricardo estaría dentro de una jaula hasta el final de sus días. Pero como bien recuerdan los protagonistas de este drama Shakespeariano, “el mundo está del revés, tienes la cabeza donde deben estar los pies”. Así, esta fiera  sedienta de poder se encuentra en un terreno ideal para desplegar todo su repertorio de traiciones, medias verdades, asesinatos y ejecuciones sumarias en la terrible Torre de Londres.

Dar vida a este animal, que encima está tullido, es complicado. En un minuto, requiere tantos registros como maquiavélicas ideas se generan en su maléfica mente. Arturo Querejeta, el actor elegido por el director Eduardo Vasco para encarnar a este demonio sediento de sangre, es un viejo conocido de los habituales del Teatro Cuyás. Lo que no impidió que este veterano haya vuelto a sorprender, para bien, con su genio. Está excelso en la piel de Ricardo III. Llega con solvencia cuando el personaje requiere ir al extremo. Lo mismo sucede cuando obliga a la contención y cuando tira de humor negro y sarcasmo. Sus compañeros de Noviembre Teatro van de su mano y a su misma altura en todo momento, dentro este montaje que se desarrolla a una velocidad endiablada.

Mutan con una facilidad pasmosa y lanzan las afiladas frases del genio de Stratford-upon-Avon a la perfección. Ni una duda, ni un desliz a pesar del torbellino de pasiones en el que se encuentra todo momento dentro de esta historia que parece que se escribió ayer. Más allá de que los responsables de esta producción haya optado por situar la acción en la actualidad. La universalidad y la vigencia ya se sabe que son dos de las cualidades más comunes entre los verdaderos clásicos.

(…) el montaje tiene escenas memorables tanto por las cualidades de su reparto como por una puesta en escena y una iluminación cuida que hicimos. (…) siempre nos quedará Ricardo III quería decir, el gran Querejeta.

 

Victoriano S. Álamo

CANARIAS 7

20/02/2017

«RICARDO III»: PROVISIONALIDAD DEL PODER

En la puesta en escena de Eduardo Vasco para «Ricardo III» flota una idea de provisionalidad acentuada por la rotunda y sobria propuesta escenográfica de Carolina González: maletas y baúles, a ratos cubiertos por lienzos blancos, van conformando sobre el espacio vacío los distintos ámbitos –palaciegos, carcelarios o campos de batalla– donde se desarrolla la acción. Fugacidad crítica del poder, abrasado a velocidad de vértigo por la gasolina de las ambiciones, pues nunca anida el sosiego en el corazón del protervo y tullido monarca, que sabe compensar con su astucia los dones que le ha negado la naturaleza.

Un Shakespeare juvenil compuso la obra entre 1593 y 1594, con la admiración por Christopher Marlowe goteando de su pluma, que mojó en las crónicas de Raphael Holinshed y Edward Hall, y en una historia de soberano atribuida a Tomás Moro y teñida por la lealtad cortesana a la triunfante casa Tudor. Con estas referencias, el último rey de la casa de York es un virtuoso de la seducción maligna que despliega de forma admirable y letal para despejar los peldaños de su ascenso al trono de Inglaterra, en el que se sentó entre 1483 y 1485, año en que murió en la batalla de Bosworth, quizás demandando un caballo.

Como escribí cuando vi el espectáculo, aún en rodaje, el pasado verano en el Festival de Teatro Clásico de Olmedo, Vasco, a partir de una afinada versión de Yolanda Pallín, realiza un ejercicio de dirección de temperatura brechtiana, salpicado de pegadizos estribillos musicales y vibrantes momentos corales. Presenta al protagonista como un canalla amoral de untuosa crueldad erizada de lógica, un tipo con mortal sentido del humor cuya oratoria venenosa engaña y convence con sutileza de mariposa y cautivadora contundencia de boa constrictor. Arturo Querejeta, sin ningún apoyo ortopédico que remede córcova o cojera, lo encarna en un trabajo de precisión deslumbrante, una minuciosa composición interpretativa de gesto y voz, muy bien acompañado por el resto del reparto. La escena en que seduce a Lady Ana (Cristina Adúa), ante el féretro de su marido, asesinado por él, es un recital de elocuencia ponzoñosa esmaltada de matices sinuosos. Formidables la iluminación de Miguel Ángel Camacho y el vestuario de Lorenzo Caprile, que incorpora uniformes militares de la extinta Alemania del Este.

 

Juan Ignacio García Garzón

ABC (Madrid)

30/12/2016

EL SOL DE YORK

No descubro absolutamente nada si hablo sobre las maravillas del texto de Shakespeare, versionado en este montaje de Noviembre Teatro por Yolanda Pallín de forma elegante, sacando punta a su acidez. Y sin embargo, ¡qué necesario se hace volver a degustar sus virtudes! Las intrigas y luchas entre los Lancaster y los York, la sed de poder, el fascinante mal, la maquinación… En este Ricardo III vemos cómo se juega al todo por el todo en favor de la palabra, no caben los artificios, y en ello reside principalmente su valor.

Un estupendo conjunto de actores, en líneas generales, rodea a la presencia incontestable de Arturo Querejeta, un coloso que hace del escenario su hogar. Con media sonrisa, observamos a su Ricardo III, un personaje libre de cualquier maniqueísmo, mordaz y afilado como la hoja de un cuchillo; todo un recital de perversa seducción por parte de un experto intérprete que ha pasado por la piel de algunos de los mejores personajes del teatro universal y que, aquí, se corona por partida doble. Destaca, también, Rafael Ortiz en su doble interpretación de Clarence y Stanley: el uno frágil y quebradizo; el otro, oscuro y aguerrido.

Eduardo Vasco, por su parte, dibuja un espectáculo ágil y dinámico, con poderosos momentos dramáticos y, también, con momentos llenos de humor e ingenio (destáquense las diversas ejecuciones). Todo en la función está milimétricamente trazado por el director, de manera que viajamos cómodamente por las hebras de la historia con una sutilidad encomiable: los momentos musicales, las transiciones, el trasvase de los actores de unos personajes a otros… Todo funciona; excepto, quizá, alguna complicación para seguir el transcurso de las intrigas palaciegas. Por otra parte, la escenografía de Carolina González, versátil y funcional, resulta también de una gran belleza estética y un significativo contenido metafórico. Lo mismo ocurre con el vestuario de Lorenzo Capriles, que remite a la primera mitad del siglo XX y evoca una atemporalidad muy acertada.

Un montaje, en resumidas cuentas, de innegable atractivo y que se permite una muy conveniente licencia al final, cuando Richmond, tras vencer en la batalla de Bosworth, oír el alarido de Ricardo bramando: "¡Un caballo, mi reino por un caballo!" y ser coronado, adquiere las deformidades físicas y mentales de su sucesor, mostrándonos el ciclo eterno de las cosas, el ouroboros.

Alejandro Butrón Ibáñez

REVISTA POP UP TEATRO

09/12/2016

¡MI REINO POR UN CABALLO!

De un personaje sin carisma, moralmente malo y reprobable, de pensamiento retorcido, de espíritu venenoso y de cuerpo deforme, Arturo Querejeta erige un monumento a la interpretación. Este Gloucester/Ricardo III quedará en la historia del teatro como un modelo de actuación que aúna un sinfín de registros expresivos que van desde la excelente dicción, con todos los matices que modulan el matiz significativo de la palabra y de la frase, a la abundancia de gestos y la expresión corporal en su conjunto. En Querejeta nada es impostado y, si lo es, no lo parece.

Yolanda Pallín en la versión de esta Tragedia del rey Ricardo III y Eduardo Vasco en la dirección han realizado un trabajo de orfebrería con el texto de Shakespeare, para servir en bandeja un producto escénico exquisito. La delicadeza y la finura con la que han desbrozado el material «gore» del texto original viene a ser como -permítaseme la metáfora- ofrecer bordado en seda lo que antes era cañamazo.

Ricardo III es en el fondo una simple intriga palaciega en la que el ansia de poder todo lo trabuca. Alguien tiene el poder, y hay otro que quiere quitárselo, y allí es cuando empiezan los líos. El relato de la historia, no es necesario anclarlo en el tiempo real (desde luego en esta versión que dirige Eduardo Vasco el tiempo de la acción es ahistórico en las formas aunque los personajes nos remitan a momentos de la historia de Inglaterra), se puede sintetizar en el siguiente argumento: Tras una larga guerra civil, Inglaterra disfruta de un periodo de paz bajo el reinado de Eduardo IV. Ricardo, duque de Gloucester, tras relatar la manera en que se ha producido la ascensión al poder de su hermano, revela su envidia y sus ambiciosos deseos. Él, jorobado y deforme, no se conforma con su estado y planea conseguir el trono a cualquier precio, eliminando todos los impedimentos que pueda encontrar en el camino. No tiene empacho en eliminar a sus dos hermanos con tal de llegar al trono. Pero la lista de atrocidades se suceden. Se casa con la viuda de su antiguo enemigo, manda matar a sus sobrinos, extermina a los cortesanos que le estorban, y al final se queda más solo con sus demonios interiores. Y, tras la aparición de algo tan clásico en el teatro shakesperiano como el mundo fantasmal, que le trae malos augurios, se produce la rebelión de sus agraviados y la batalla de Bosworth, en la que Ricardo es derrotado y muere, y en cuya escena se pronuncia una de las frases más archiconocidas del teatro: «Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo».

Rey y villano, Ricardo, ambicioso desmedido, hipócrita, enredador sin escrúpulos, intrigante, mentiroso por interés, de carácter vigoroso pero poco sutil, es el símbolo del poder absoluto desalmado que genera soledad, desasosiego y unas pesadillas que le persiguen pero no le vencen, pues su naturaleza es más fuerte que su conciencia torturada. Y todo símbolo lleva consigo algo de lección que nos enseña a conocer el corazón humano.

Esta propuesta teatral del grupo Noviembre es muy contemporánea en toda su concepción dramatúrgica sobre la base de un texto clásico (refinado, como dije antes) de una indiscutible universalidad y vigencia, aunque en esta ocasión no se quiera hacer expresionismo realista de esa vigencia, como sí se ha producido en otras versiones recientes. Aún así se puede hacer una traslación a la situación del mundo actual, donde la intriga desde los fondos oscuros provoca que los cadáveres políticos se sucedan y donde la adulación y la traición suelen ir de la mano.

La dirección impecable y de una elaborada sabiduría de Eduardo Vasco origina que cada detalle, cada movimiento, cada gesto, cada acorde musical, cada canción, cada transición, cada mudarse de unos personajes a otros, cada fraseo, cada diálogo…sirva para elaborar e innovar un plato teatral a la altura de lo mejor que se haya cocido en El Bulli, valga la comparación.

La interpretación coral sobresaliente, con un trabajo minucioso. Me encanta la manera de decir clara y la entonación, que rompe un poco algunos esquemas muy extendidos en los que las oraciones no parecen acabar nunca con los finales en suspensión en vez de en las normales cadencias o anticadencias propias de su modalidad. Huelga repetir las alabanzas ya escritas a la creación que realiza Arturo Querejeta.

En una escenografía funcional, donde los elementos como la maleta, los baúles o las cajas, además de funcionar como delimitadores de contextos espaciales, se llenan de significados trasladados (metonimias), se desarrolla esta dramaturgia, en la que la iluminación y la música, instrumental y cantada, son elementos clave para definir aspectos del mensaje. Así mismo, los figurines de Lorenzo Caprile aportan equilibrio, singularidad y elegancia y yo diría que también comodidad para los actores y actrices.

En suma, la compañía Noviembre nos ha obsequiado con uno más de sus excelentes montajes shakesperianos. Teatro del grande este Ricardo III, que ha resultado un espectáculo inteligente, refinado, divertido (sí, divertido), intenso, ágil, entretenido, reflexivo y aleccionador, construido con tal maestría para que convierte la profundidad de un clásico en una función popular.

El público en pie, que han gozado sobradamente en el Teatro de Rojas, ha gritado más ¡bravo! que nunca y ha obligado con sus aplausos a que los actores salgan a saludar media docena de veces.

 

Antonio Illán Illán

ABC (Toledo)

05/11/2016

"RICARDO III": GRAN JUEGO DE TRONOS, MUERTES Y MALDICIONES PROFÉTICAS

La figura de Ricardo III fue usada por William Shakespeare para hablar, entre otras cosas, de la maldad y la sed de poder. El maquiavélico plan del último rey de la Casa York para conseguir sus objetivos no se detiene ante nada y nadie puede confiarse de tener la vida segura a su lado. Además, los York y los Lancaster son un ejemplo de la encarnizada lucha por un trono, manchado de sangre por todas partes, que se puede trasladar a otros momentos históricos o lugares ficticios como Poniente, cuyas casas principales, Lannister y Stark, están claramente inspiradas en las familias que protagonizaron la Guerra de las Dos Rosas.

La Compañía Noviembre nos ofrece con Ricardo III su cuarto montaje de Shakespeare consecutivo con un estilo marca de la casa, en el sentido más positivo de la palabra con una versión muy lograda de Yolanda Pallín que muestra todas las escenas clave del texto de Shakespeare.

 

Eduardo Vasco  muestra su sabiduría como director de escena a la hora de construir escenas de gran intensidad emocional así como la recreación de la batalla de Bosworth, todo un ejemplo del uso de los elementos escenográficos, ya que las maletas que aparecen en la obra simbolizan diferentes cosas y tienen distintos usos pero el que se le da en la mencionada batalla es de un ingenio digno de alabar. El vestuario de Lorenzo Caprile también es determinante en la recreación de este decisivo momento, con unos uniformes que me recordaron a los de la Segunda Guerra Mundial y que contribuía a la atemporalidad de esta obra.

 

Como he mencionado la obra está lleno de grandes momentos, logrados por unas interpretaciones medidas en cada momento para lograr el efecto deseado y aquí es donde hay que hablar de la magnífica interpretación de Arturo Querejeta. El que fuese, hablando de los personajes que le he visto sobre las tablas, Feste, Yago y Shylock, se mete en la piel de Ricardo III de una manera que es un ejemplo más de su maestría porque muestra al personaje combinando maldad con falsa bondad y sus escenas con Lady Ana e Isabel (portentosas Cristina Adúa e Isabel Rodes respectivamente) son un claro ejemplo de intento de persuasión y convicción logradas por el tono usado por Querejeta para decir cada una de sus palabras. Esto se puede extender a todas las escenas en las que interviene mostrando la falta de escrúpulos de Ricardo.

 

Providencial en este montaje es la intervención de Charo Amador como la reina Margarita, mostrando una locura controlada interpretativamente sabiendo en todo momento dónde está la línea que no debe sobrepasar. Amador da una clase de interpretación lanzando las maldiciones que luego se cumplirán. Cuando se mete en la piel de la Duquesa de York, cambia lógicamente el tono pero vuelve a mostrarse determinante porque también es dura con Ricardo, y sus palabras tienen peso porque son dirigidas a un hijo del que ha visto su maldad.

Fernando Sendino como Buckingham pisa con seguridad el escenario y es muy interesante cómo ejemplifica la fragilidad de todos los personajes que rodean a Ricardo III, porque una desobediencia le basta para ser considerado como traidor y que tenga un triste final.

 

Otra escena sobrecogedora es la de la muerte de Clarence, personaje que borda Rafael Ortiz, llena de tensión y pavor que el actor transmite al patio de butacas. Ortiz muestra su ductilidad cuando interpreta a Stanley, una cualidad extensible a sus compañeros por los desdoblamientos de, aparte del ya mencionado de Charo Amador, de Antonio de Cos (muy seguro como Richmond y Hastings, personaje con un arco emocional interesante por la manera en que se va trazando su destino sin que el personaje se percate de nada hasta que ya no hay vuelta atrás. Es destacable cómo son mostrados los asesinos que encarnan José Luis Massó y José Vicente Ramos, con un sentido del deber que se resquebraja en ciertos momentos pero las posibles consecuencias de desobedecer una orden Real les hace volver a su sangriento cometido. Ramos también muestra la fragilidad del Rey Eduardo con total convicción. Por su parte Bedoya da una muestra más del gran pianista que es y su capacidad para hacer tres personajes muy distintos, algo que también se extiende a Guillermo Serrano.

 

Vasco es consciente del río de sangre que corre en esta obra por lo que mostrar unas muertes en escena y otras no son otro ejemplo de su saber hacer, y es muy ingenioso, en el tema de las ejecuciones el uso de la tapa del piano.

 

Este montaje de Ricardo III, hasta el 30 de octubre en el Teatro Lope de Vega de Sevilla, incide en la teatralidad de la propuesta con los personajes recorriendo el escenario, ayudando en la colocación de la escenografía y cantando canciones que van acorde con lo que cuenta la obra: hay personas que actúan al contrario que el resto y los villanos son coronados, lo cual tiene sus consecuencias.  

 

Alejandro reche Selas

El rinconcillo de Reche

28/10/2016

UN ARTURO QUEREJETA SOBERBIO

Eduardo Vasco nos tiene acostumbrados, en su manera de hacer teatro, a subordinarlo todo en favor de la palabra. Con este Ricardo III, el verbo de Shakespeare, deliciosa e inteligentemente versionado por Yolanda Pallín, se enseñorea desde principio a fin de una escena que huye de artificios en toda su primera parte y que recurre, en la segunda, a un eficaz uso de baúles y maletas que consiguen recrear la torre de Londres y el campo de batalla que sirve de decorado para la famosa sentencia 'mi reino por un caballo'.

Diez actores alrededor de un prodigio, Arturo Querejeta, que emboba desde su aparición y que hace sombra, inevitable, a sus compañeros con su creación, perfecta, del mal encarnado en un ser deforme dotado de esa inevitable inteligencia que debe poseer el asesino para conseguir sus propósitos. Querejeta y Vasco recrean un personaje que se mueve en la contención del ambicioso político y un sentido del humor que naturaliza sus actuaciones hasta hacernos sentirnos cómplices de su aquelarre familiar.

Es inevitable, en el día del tercer intento de investidura de un presidente en 300 días que las traiciones, intrigas, envidias, no los crímenes, de Ricardo III nos recuerden a los momentos convulsos de nuestra política actual en el que algunos partidos se autodestruyen, los amigos se traicionan y otros apoyan causas imposibles. Bienvenida esta versión de Vasco con ese insuperable Querejeta, genial.

Javier Paisano

Diario de Sevilla

28/10/2016

LAZOS DE SANGRE

“Ya el invierno de nuestra desventura se ha transformado en un glorioso estío por este sol de York”. Con este parlamento abre la obra Gloucester, quien después se convertirá en Ricardo III. No es una predicción meteorológica, sino una metáfora que el público de la época capta a la primera, porque luce un sol en el escudo de batalla quien acaba de proclamarse rey con el nombre de Eduardo IV, su hermano, jefe de la casa de York, tras vencer en la batalla y ordenar asesinar al último Lancaster en el trono, Enrique VI. Inglaterra lleva décadas desangrándose en un terrible y despiadado conflicto civil, la Guerra de las Dos Rosas, cuyo único fruto realmente bello que lega a la posteridad es la tetralogía que le dedica Shakespeare y a la que pone punto final esta tragedia, su primera obra maestra. Tiene por tanto una trama compleja y difícil de seguir por el espectador actual, por la gran cantidad de nombres propios, hechos históricos y dobles sentidos que acumulan los diálogos. Hay que señalar, de entrada, que es excelente por limpia y concentrada la versión de Yolanda Pallín, reduciendo a 100 minutos lo que podría durar casi el triple en una representación canónica. 

La acción se extiende desde 1471 hasta 1485, año de la batalla de Bosworth, donde Ricardo III, el último monarca inglés que muere al frente de sus tropas guerreando, clama en la penúltima escena los que seguramente son los versos más populares de autor -“¡un caballo, mi reino por un caballo”- después del “ser o no ser” hamletiano. Quien vence es el Conde de Richmond, que ocupará el trono con el nombre de Enrique VII. Es el primer monarca de la Casa Tudor, padre de Enrique VIII y abuelo de Isabel I, quien gobierna en Inglaterra cuando comienza a escribir Shakespeare. El escritor no es por tanto nada objetivo, tira de fuentes manipuladas y carga en ferocidad contra los tiempos y reyes inmediatamente anteriores. “Qué bien que estamos ahora con esta dinastía”, viene a decirles a sus coetáneos, que efectivamente viven en una época de relativa paz y prosperidad. Por eso, una última escena como la vista ayer en Olite le podía haber costado la cabeza al escritor, porque Richmond concluye su último parlamento imitando las mismas taras físicas y ambigüedad moral que su predecesor. “Todos los reyes son iguales”, parece decirnos a modo de colofón Eduardo Vasco, el director, pero esa licencia va contra el sentido de la obra y se antoja gratuita. Se permite otra que no está en el original, aunque no queda mal, cuando vemos en escena a Ricardo III ahogando en su lecho a su hermano enfermo, el rey Eduardo IV. Un crimen más. Nunca la expresión “lazos de sangre” ha tenido tanto sentido sino referida a Ricardo III, quien asesina a su hermano Clarence, a sus dos sobrinos, a su esposa y a su primo, además de a una docena de nobles, en su despiadada carrera hacia el poder. 

Shakespeare presenta a Ricardo III bajo de estatura, cojo, de cara repulsiva, con un brazo inútil, un hombro más alto que otro y joroba. Sus taras físicas son trasunto de las morales, pues es cruel, pérfido, inhumano, monstruoso… y teatralmente magnético. Shakespeare utiliza un recurso genial: desde el inicio el protagonista habla directamente al espectador y le cuenta sus planes, con lo que lo hace cómplice. A su lado, todos los demás personajes, manejados como juguetes, quedan capitidisminuidos. Es malvado y maquinador, brillante en el manejo de la palabra, por lo que sus apartes hipócritas atrapan al patio de butacas y provocan no pocas sonrisas. 

Arturo Querejeta está sencillamente soberbio en su papel. Compone una figura contrahecha sin ayuda de aparataje o vestuario, como suele ser habitual en otros montajes, y proyecta la perversidad del personaje con una sorprendente gama de matices. Es sencillamente sublime su segunda escena por cómo logra seducir a Ana sobre el ataúd del marido, al que acaba de asesinar junto con el suegro, los últimos Lancaster. Sin duda uno de los diálogos más difíciles de interpretar de todo el corpus shakespeariano, bien replicado por Cristina Adúa. Y extraordinario cuando, ya rey, logra de Isabel la mano de su hija aun reconociendo que ha asesinado a sus dos hijos. 

Los diez miembros restantes del elenco doblan papeles para dar vida a un reparto extensísimo y varios logran destacar en pleno torbellino Querejeta. Toni Agustí, vestido de blanco como Hastings, compone bien la figura del resentido e ingenuo noble que se deja arrastrar por Ricardo y cierra de forma sobrecogedora la obra componiendo un Richmond subsumido en Ricardo. José Luis Massó y José Vicente Ramos lucen como asesinos a sueldo de forma memorable en la escena en que finiquitan a Clarence en su celda. Rafael Ortiz logra transmitir con verdad uno de los pocos momentos de la obra donde hay un poso de dignidad, pues todos los personajes de la obra, del primero al último, tienen un punto miserable, un pasado de traiciones y libelos y una cobardía física que los hace ciertamente innobles. Como para invitarlos a la cena de Nochebuena en casa, vamos. La interpretación de Fernando Sendino como Buckingham es correcta, pero contenida, sin dejar exteriorizar la ridícula inanidad del cómplice de los atropellos de Ricardo, al que luego traiciona. A Charo Amador le falta punch cuando maldice a todos los presentes en su papel de reina viuda Margarita, porque ni hace de loca, que era una posibilidad, ni logra sobrecoger con su parlamento, falto de fuerza, además de pasar inadvertida como madre de Ricardo III. 

Es el quinto Shakespeare de Eduardo Vasco tras Hamlet, Noche de Reyes, Otelo y El mercader de Venecia y sigue depurando su impecable estilo de dirección: escenario casi limpio (como en tiempos del bardo) y muy pocos elementos para construir todos los escenarios que pide la trama (aquí con baúles), lo que permite rapidísimas transiciones y una interpretación donde prima lo coral. Y la omnipresente pianola como fondo sonoro. Toda tragedia pide coro y el de Vasco es brechtiano, con rupturas de la acción dramática. Los actores cantan o declaman versos en proscenio -el mundo al revés- con tono recalcadamente didáctico y moralizador. Conforme se precipita el desenlace, los diez actores se convierten en uno para condensar en apenas dos minutos casi media hora de drama: la escena de los espectros acusando a Ricardo y la misma batalla, una solución dramática de riesgo, pero efectiva, y resuelta metafóricamente, con la cabeza del jabalí cortada, pues ése era el apodo de Ricardo. Todo resulta coherente. La música es de cabaré porque la acción se sitúa hace ahora exactamente un siglo: Clarence parece un Trosky camino del patíbulo y su carcelero, un oficial ruso blanco, y las mujeres visten Belle Epoque en palacio (un paralelismo afortunado entre dos monarquías, York y la zarista, en descomposición). En la escena final, la tropa viste de soldados franceses y británicos en las trincheras de la Gran Guerra. La iluminación es expresionista, con una línea de candilejas en la corbata para iluminar de abajo a arriba y proyectar sombras con las que retorcer y avillanar los rostros de los personajes mientras urden maledicencias y crímenes. 

Un espectáculo de gran potencia visual y dramática, que el público agradeció con una fuerte ovación. Una gran noche de teatro sólo estropeada durante la primera media hora de la representación por los lamentables ruidos procedentes del exterior del recinto (chácharas, risas, coches arrancando y acelerando, televisiones a todo volumen…), actitud que cuestiona el compromiso de Olite con su festival, por mucho que su alcalde lo pregonara en el acto de inauguración. No estaban él ni su policía local el viernes por la noche para poner orden. Si se repiten estas actitudes irrespetuosas con artistas y público, habría que plantear seriamente el traslado de los espectáculos de La Cava al nuevo recinto cultural de Tafalla.

 

Victor Iriarte

Noticias de Navarra

31/07/2016

RICARDO III HACE DISFRUTAR A ALMAGRO CON SU CRUELDAD

Shakespeare ha dibujado la historia, fijando patrones y arquetipos. Pasa con las hadas, que son lo que son desde Sueño de una noche de verano. Pasa con Eduardo VI (en tres partes) y, por supuesto, con su continuación, este Ricardo III con el que Shakespeare empieza a atisbar el camino que lo separaría de sus contemporáneos para llevarlo al Olimpo donde se encuentra ahora. Ricardo III, del que nos habló Steve Berkoff en este mismo Festival de Almagro en ‘Shakespeare’s villains’, prefigura a todos los demás personajes centrales de la colección que nos ha regalado Shakespeare para que los disfrutemos: es su antepasado, algo menos sutil, algo más cruel de lo necesario, paródico y exagerado.
Vasco reconoce todas estas características y las pone sobre el escenario de la Antigua Universidad Renacentista de Almagro, como antes lo hizo en Alcalá, Olmedo o Niebla. Y lo hace bien, de menos a más, sobre los contrahechos hombros de Arturo Querejeta, que diseña un personaje naturalmente malvado. Este Ricardo III todavía no dialoga consigo mismo, como lo harán Hamlet, Macbeth u Otelo. Todavía monologa, pero lo hace maravillosamente, extendiendo su nube gris bajo el magnífico sol de York.
La obra funciona especialmente bien cuando Ricardo III pasa a primer plano, cuando le sostiene la mirada José Vicente Ramos (menos como Eduardo y más como uno de los asesinos y sobre todo cuando interpreta a Catesby) o en las escenas panorámicas. Los interludios musicales, pegadizos, son uno de los aciertos de una producción vertiginosa, que cuenta la historia del tirón, sin necesidad de cambios importantes en el escenario, con dos escenas desarrollándose de manera simultánea, matando sumariamente personaje tras personaje, sin subrayados. Ricardo III es una de los textos más largos de Shakespeare y, sin embargo, en apenas una hora y cuarenta minutos frenéticos queda resuelta la historia de este rey al que ladran los perros por su aspecto. Por cierto, que hace un par de años, en el Off, los hermanos Alzate nos trajeron desde Colombia ‘Bloody dog’, un Ricardo III hecho con bombillas, aún más vertiginoso.
No es el Ricardo III de Noviembre Teatro que dirige Eduardo Vasco una versión definitiva, no es una obra completamente redonda, pero se le acerca mucho. Le sobra, quizás, la acentuación en la interpretación de los responsables (el mismo Vasco y Yolanda Pallín), como cuando, tápense los ojos, que va un “spoiler”, al final, tras pedir el caballo, al que le quitan el reino vaya usted a saber por qué, Richmond, triunfante, fundador de la larga estirpe de los Tudor reinantes, clama por su victoria y su rostro, su cuerpo, comienza a parecerse al perfil de Ricardo, la mano inútil, símbolo de la perversión del poder. La grandeza de Shakespeare es, siempre, su ambigüedad. Con ella nos abruma y no conviene simplificarla eligiendo un solo camino de los muchos que se abren ante nosotros.
Pero quitándole allá estas y otras pajas, Ricardo III hace disfrutar contemplando la perversa figura del último de los Platagenet y permite comprobar cómo ya estaba plantada la simiente de todo el esplendor shakesperiano posterior. Después de algunos pasos no tan firmes, Vasco se reencuentra con su mejor versión para ponerle a Ricardo III la cara de Arturo Querejeta. Merecidos, pues, los muchos aplausos que se llevaron los actores al terminar la función en la abarrotada Antigua Universidad Renacentista.

 

Francisco J. Otero

Lanza digital

24/07/2016

RICARDO III: UN VILLANO EJEMPLAR CAUTIVA A OLMEDO

Es indiscutible el devastador poder de seducción de Ricardo III, el tullido villano de Shakespeare cuya elocuencia ponzoñosa cautivó en la noche del pasado sábado al público de Olmedo, atrapado en la torva red de fascinación como los conejos paralizados en la carretera ante las luces del coche que se les viene encima. 

Fascinación gozosa y voluntaria, como es lógico, en este caso, pues la tragedia del último monarca de la casa de York, centro de la segunda jornada del décimo Festival de Teatro Clásico en la Villa del Caballero, vino empaquetada en una puesta en escena austera y brillante de Eduardo Vasco, protagonizada por un sinuosamente magistral Arturo Querejeta.

«Ricardo III», escrita en torno a 1593 y 1594, es una de las primeras obras que Shakespeare dedicó a la historia de Inglaterra. El monarca jorobado y cojo es un prototipo de la ambición despiadada y la amoralidad por la desenvoltura con que, a base de lubricante sangriento, despeja el escalafón dinástico para ceñir la corona inglesa, que ocupó entre 1483 y 1485. 

En esta tragedia sobre la maldad como brújula vital, Shakespeare cinceló un personaje de poderosa teatralidad proterva potenciada por Vasco, al frente de su compañía Noviembre Teatro, con una dirección de temperatura brechtiana, salpicada de pegadizos estribillos musicales y vibrantes momentos corales. La escena de la seducción de Lady Ana (Cristina Adúa), ante el féretro de su marido asesinado por Ricardo, es un prodigio de matices malignos.

 

Juan Ignacio García Garzón

ABC

18/07/2016

EL REY QUE PERDIÓ EN UN CASTILLO 

     El Síndrome de Procusto se puede resumir de la siguiente manera: Quitarse de en medio a quien sobresale; terror a ser superado y para ello suprimir sin piedad iniciativas ajenas por considerarlas mejores que las de uno mismo. Procusto era un posadero griego que ataba a sus clientes a los pies de una cama que él mismo les asignaba para dormir. Si sus huéspedes sobrasalían, Procusto les cortaba las extremidades para que cupiesen correctamente, y si no llegaban, él se las estiraba atrozmente hasta que lo lograban. Nadie se adaptaba a sus catres, puesto que Procusto otorgaba siempre el que a él le parecía a fin de torturar, sí o sí, al “diferente”. Y nuestro Ricardo le besaba el manto gustoso. Este rey, amorfo y tumoral, gusta de aniquilar a todo aquél o aquélla que no se adapta como un guante a su particular concepto de ambición. Y al igual que el heleno en su colina de Ática, el reyezuelo probará en su piel su tremendo método de tortura suplicando un simple caballo a cambio de su reino putrefacto y desordenado, idéntico a su alma e idéntico a su pensamiento.

       Que el universo creado por el bardo inglés es tan fascinante como verdadero, que reyes y cortesanos conspiren con alevosía y sin freno, que el escenario se llene de ardides y agujeros sin fin, que el monarca asesino justifique con lisonjas y requiebros el por qué sólo él debe llevar la corona, que todo esto cobre vida en un castillo como el de Niebla en su festival veraniego, es reclamo suficiente y suculento para sentarse en su patio flanqueado por torres y almenas y “contemplar” los pensamientos de un Maquiavelo británico con mal sino y muy mal coronado: Ricardo III.

    El subtítulo de esta sucesión de aberraciones y crímenes bien podía ser “Perversidad” al cual se le pueden añadir apellidos tales como “Seducción”, “Hipocresía” o,  simple y llanamente, “Maldad”. Para dicho retrato, Vasco emula en su dirección de actores a un Caravaggio en gesto (muecas, miradas fieras y barrocas) y también en iluminarlos (sombras, grises, pardos, velas, granates, candilejas, faroles) y opta por un escenario negro y casi desnudo. Tan sólo varios baúles que se van descubriendo paulatinamente, tal vez para sugerir esa mudanza en los sentimientos, ése no saber dónde reposar la mente para que descanse de tanto daño que hace y saciar el ansia de poder: baúles-trincheras, baúles-fronteras, baúles-féretros; baúles de color que logran representar incluso los cadáveres de los sobrinos del nuevo rey.

   Huele a muerte anunciada desde el principio. Nosotros contamos con la información de lo que va a pasar. El reparto, también. Los personajes, no. Y ésa es la acción, el ímpetu que se ha de conseguir  al trasladar la pieza a escena y que se vio altamente lograda. De ahí que el montaje de Noviembre Teatro para su quinto Shakespeare, se podría calificar de una suerte de  “Requiem burlón” puesto que la atmósfera es, además de cruenta,  los apartes y réplicas de Ricardo -lanzados por un Querejeta acertadísimo y con arrojo- despiertan entre el público rumores, risas breves y comentarios de sorpresa en susurro al ser tanta la barbarie que Ricardo desparrama en su verborrea singular. Al público no le queda más remedio que reaccionar. Esto es así dado que el mensaje del autor sigue estando de rabiosa actualidad, y, que con la interpretación coral del reparto de Vasco, con su motete recurrente cantado casi a capella de que el mundo tiene la cabeza en los pies; con un reparto/coro que se sitúa a modo de escaparate, casi desafiante, frente al público para que quede constancia de que el hombre retuerce su propio destino, que el político, erróneo y desconsiderado, se deja embaucar cuando se le ofrece más poder. Nótese, por ejemplo, cuando Ricardo le ofrece la corona a Isabel (Isabel Rodes) y ésta, sin dejar de abrazar a sus hijos asesinados, la atrapa con los dientes como un animal hambriento. Esto es ansia de poder. ¿O no queda claro tanto por Vasco como por el autor? Ricardo se jacta de que el fin justifica los medios. Y los que le rodean, sorprendentemente, también.

     Me sorprende la rapidez en la metamorfosis del reparto a la hora de mudarse en otros personajes. La limpieza en el cambio de vestuario y cómo logran convencer cualquiera que sea el rol que les toque interpretar (José Vicente Ramos, por citar). No hay afectación,  pues este riesgo queda convertido en una suave ironía que nos concede una sonrisa muy conveniente. El proscenio está reservado, como he comentado antes, al reto del elenco, es decir, a modo de galería, los personajes nos acercan sus diálogos más perturbardores, nos inquietan éstos al entablar conversaciones endiabladas sin mirarse. Las candilejas sirven para realzar el tenebrismo en sus rostros, pareja a una ambientación abundante en acertados clarooscuros que, poco o nada, nos deja vislumbrar de los rostros de los personajes.

     Ricardo III, o nuestro jefe, o nuestro compañero de trabajo, o nuestra pareja… en cualquiera de ellos  podemos descubrir lo que el autor inglés, como clásico universal nos ha traído a nuestros días, siempre intacto y siempre con un matiz novísimo: la capacidad del perverso por generar tensión, por corromper el orden y ganar la partida a costa de la mentira, el engaño y el abuso de poder. El perverso deforma, oculta y es capar de descoyuntar y de cortar lo que le sobra con tal de salirse con la suya. Como la luciérnaga cuando fue devorada por la serpiente sólamente porque brillaba. Procusto dio nombre al síndrome, Maquiavelo escribió un tratado, Ricardo/Shakespeare lo hizo verso y Eduardo Vasco y su compañía lo hizo carne el pasado sábado en el Castillo de Niebla.

 

Carlos Herrera Carmona

masteatro.com

11/07/2016

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Web actualizada 07/03/2017

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