LA ADAPTACIÓN

EL VENDAVAL DE RICARDO

 

“No hay  nada más estúpido que representar Shakespeare de tal forma que sea claro cuando es, por naturaleza, oscuro. Es material en estado bruto. “

B. Brecht

 Alguien escribió que la tragedia es la lucha de lo bueno contra lo bueno; el melodrama, la lucha de lo bueno contra lo malo; y después está Coriolano, la lucha de lo malo contra lo malo. Ricardo III, añado ahora, es el reverso tenebroso de Coriolano: la lucha de lo malo contra lo peor.

            Ambas son piezas políticas e históricas. No hay política sin historia, ni viceversa; pero el teatro es ese territorio en el que el discurso político puede darse independientemente de las circunstancias históricas concretas. Eso es posible porque el teatro trabaja con la ficción. Parece una obviedad, pero en estos tiempos es necesario poner una pica en el Flandes de lo poético.

En Coriolano, Shakespeare puede permitirse ciertos lujos  tratando un asunto distanciado de su propio tiempo histórico. En Ricardo III, los acontecimientos estaban a la vuelta de su esquina. Esta circunstancia nos habla tal vez del talante de Shakespeare y de su libertad a la hora de contar historias de la historia; aunque no podemos olvidar que la obra está escrita en tiempo de los Tudor. Pero frente a Ricardo III, Coriolano mantiene una cierta altura moral, algún atisbo de grandeza, un resquicio heroico.

Ricardo III nos muestra un panorama moral desolado, arrasado y estéril. Estamos convencidos de que Ricardo, el personaje, representa lo más abyecto de la producción Shakesperiana. ¿Hiperbólicas afirmaciones? Sí, por supuesto. La hipérbole es una actividad poética de primera clase. Además,  con Shakespeare siempre hay que leer entre líneas, e incluso los personajes que parecen ser nobles o razonables termina enseñando su patita más salvaje. Sólo los niños… pero lo malo de los niños es que crecen. O no, si no se les permite crecer. Definitivamente, algo huele a podrido… ¿dónde? No quisiera decir que en la tierra de la política. Es injusto, porque la política es la actividad de la polis.  Ojalá pudiéramos decir que en la lejana tierra de una política del pasado.

 La diferencia fundamental entre Ricardo y toda su tribu es que con él tenemos el privilegio de una comunicación constante a través de sus continuas informaciones y comentarios; y comprobamos que es muy listo. Y pocas cosas hay más fascinantes que el espectáculo de la inteligencia haciéndose acto. Ya habrá tiempo de pensar, pero ahora no; no durante la representación. La máquina está perfectamente engrasada y no permite otro pensamiento que el vendaval de Ricardo.

Diría más, Ricardo es un gran comunicador, un manejador de lenguajes. La diferencia entre Ricardo y su gente, los poderosos sean de la casa que sean, radica en su enorme competencia comunicativa. Hoy diríamos que Ricardo es un semionauta. Pero nos vale con afirmar algo más clásico: es un superviviente, y no hay nada más fascinante que asistir a la desesperación de la vida por hacerse camino, y del hombre por medrar. Para Ricardo, medrar es vivir y vivir es ser Rey.

A Ricardo, poco favorecido por la naturaleza, no le ha quedado más remedio que adaptarse para sobrevivir. A Ricardo no le ha querido su mamá, pero ¿qué es antes? ¿la patada en el vientre materno o la reprobación materna? Como apuntó Freud, Ricardo está convencido de que sus adversas circunstancias personales son un salvoconducto para luchar por sus deseos con las armas más inmorales. Él está por encima del bien y del mal. Identifica el mal y lo desafía. Ricardo es un bufón, un príncipe maquiavélico y un resentido en busca de venganza.

Galileo convirtió a Dios en el gran inventor, el gran mecánico que pone en marcha el universo al principio de los tiempos. Aprovechando esta metáfora, y en un mundo sin fe, Jan Kott considera que Ricardo es el cerebro del Gran mecánico, su voluntad y su terrible conciencia. Un dios perverso en la tramoya. La mano que mueve la máquina del vendaval. 

 

Yolanda Pallín

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Web actualizada 17/11/2017

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