LA VERSIÓN

La frivolidad que nos salva

 

    Como dice Eric Bentley en La vida del drama “si la comedia llega a perder su tono frívolo, se convierte en teatro social serio”. En el caso de la comedia de figurón es más que evidente su intención satírica; y toda sátira encierra, en menor o mayor medida, la denuncia de comportamientos perniciosos, además de un interés crítico con frecuencia ajeno a la comedia romántica. Como en el barroco todo es mezcla, no hay comedia de capa y espada en nuestro repertorio que no tenga rasgos farsescos; y, salvo los entremeses y en las comedias burlescas, no hay otro subgénero que se encuentre más cercano a la farsa que la comedia de figurón. Pero donde la farsa es hostilidad y desmedimiento, la comedia defiende la convicción de algunas verdades de orden social y emocional. 

    Entre bobos anda el juego plantea, como tantas obras de nuestro teatro del siglo de oro, una suerte de cuadratura del círculo que es preciso mimar para no caer en el subrayado impertinente.  Su argumento, que bien podría serlo de una obra seria, es expresado mediante la técnica y tono de una comedia de enredos que se inclina hacia la farsa. En lo argumental, una joven es obligada por  su padre a casarse con un ser despreciable que la trata como una mercancía. Además, es acosada por otro hombre;  y ama a un tercero, algo pusilánime, que  es capaz de  librarla de las cornadas de un toro pero no de las exigencias del vil metal. Con todo ello Rojas Zorrilla construye una situación dinámica, bastante comprimida en el tiempo; una road movie, en muchos aspectos, basada en las mentiras que los personajes se cuentan entre sí. El espectador lo sabe siempre todo, pero para que no  dude del tono, ni del propósito, la presentación del nocivo Don Lucas del Cigarral, se pone en boca del gracioso Cabellera, el servidor de dos amos imprescindible en una comedia en la que el poder económico es tan importante. 

     Si algo caracteriza el trabajo de  esta compañía es nuestra resistencia al subrayado impertinente; por ello esta versión persigue, ante todo, la naturalidad y la fluidez. Podríamos decir que todos los hombres de esta comedia son figuras, bastante ridículas; podríamos decir, también, que las mujeres de esta comedia son los personajes más nobles; pero no lo diremos, porque las cosas no siempre son lo que parecen y solo el escenario puede jugar cumplidamente con ciertas ambigüedades. 

    Es fácil ponerse en los zapatos de doña Isabel; no tanto en los de Don Pedro; nadie querría ser don Lucas y nadie cree serlo. La risa también nos previene de nuestro propio ridículo, porque “entre bobos anda el juego”, que dijo aquel que pretendía ser muy listo. 

    A caballo entre la farsa, la comedia y el drama social, no compadecemos a este don Lucas manipulador, mirón, dramaturgo frustrado, víctima y verdugo del deseo mimético, que se complace en ver cómo Don Pedro representa un papel que él ansía y no podrá comprar. No perdonaremos a Don Lucas por su avaricia, su engreimiento, su cinismo… nuestra risa no le absuelve sino que nos libra, a nosotros, de quemarlo en una pira que nos convierta en seres irracionales. 

     

 

Yolanda Pallín

 

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Web actualizada 23/09/2019